lunes, septiembre 26, 2016

John Ciardi / Garza blanca








A lo que sustenta a la garza en el aire
alabo sin invocar un nombre. Un agazaparse, un destello,
un golpe prolongado a través del cúmulo de árboles,
un pensamiento que toma forma en el cielo, para desaparecer después. ¡Excepcional!
San Francisco, feliz de rodillas,
habría gritado ¡Padre! Grita lo que te dé la gana.

Pero alaba. Invocando un nombre o no. Pero alaba
el blanco y original estallido que ilumina
a la garza y sus dos suaves y besucones barriletes.
Cuando los santos alaban el cielo iluminado por garzas y rayos
me siento junto a la escoria del estanque hasta que el aire recita
el regreso de la garza. Y duda de todo lo demás. Pero alaba.


John Ciardi (Boston, Estados Unidos, 1916-Metuchen, Estados Unidos, 1986), The Monster Den, Lippincot, Filadelfia, 1963.
Versión de Jonio González


WHITE HERON

What lifts the heron leaning on the air
I praise without a name. A crouch, a flare,
a long stroke through the cumulus of trees,
a shaped thought at the sky--then gone. O rare!
Saint Francis, being happiest on his knees,
would have cried Father! Cry anything you please

But praise. By any name or none. But praise
the white original burst that lights
the heron on his two soft kissing kites.
When saints praise heaven lit by doves and rays,
I sit by pond scums till the air recites
It's heron back. And doubt all else. But praise.



domingo, septiembre 25, 2016

Jorge Fondebrider / Mare Nostrum

 











I. Delta del Ebro

Raches decían los carteles
y eran ráfagas brutales, mucha arena,
y el coche se movía. Dijo Andy:
“Mirá qué decadente arquitectura”.
Como de Miramar, le dije. 
 Volvimos atrás treinta veranos y a otros vientos, 
a ráfagas que también eran brutales,
y justo pasamos delante de la casa.
de un tipo que paleaba
arena que sacaba de su casa,
exactamente igual que ahora nosotros 
perdemos la memoria.


II. Memorial de Dani Karavan en el cementerio de Port Bou

Walter Benjamin no está.
Risas, fotos, también el memorial.
Se baja una escalera, 
se apoya uno contra el vidrio 
y así se llega hasta otro mundo
y el mar se extiende a nuestros pies como una alfombra.
Estamos del lado de los vivos.


III. Perpignan-Narbonne

Desde el tren,
el rastro del viento sobre el agua
y los flamencos color rosa que buscan en el barro.

Y desde el tren,
un bote azul en medio de la nada
a la que llaman Peyriac de Mer.

O sea, el cielo dado vuelta,
volcado sobre el barro
en que flamencos buscan en medio de la nada. 


IV. Costumbres de Nîmes


Un chico y una chica se saludan.
Se dan la mano, se despiden.
Dos pasos más allá, la chica da tres besos a otro chico:
a la izquierda, a la derecha y a la izquierda,
como pájaros que enlazan el cogote, 
diría como garzas, delante de la Fleur
de Malt, un restaurante,
situado al otro lado del andén. 


V. Marsella


Así se ve desde la ventana del hotel:
el mar parece un bosque de palos de velero.
Después, de las ventanas cuelgan sogas de las que cuelga ropa,
y hay dos que hablan en árabe, 
y pasa un corso, y pasa un italiano,
tres chicos detrás de una pelota.
Alzo la vista al otro lado de la calle y veo
la inevitable vieja en el balcón. 
Saludo con la mano. No me responde y entra. Vuelvo al puerto
como quien ve dos veces un fantasma de otro tiempo
y empieza a sospechar. 

[inédito]


Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956)




sábado, septiembre 24, 2016

Anahí Mallol / De "Una ciudad"










2.
me habían dicho que la ciudad
sería mía un día y aunque
no entendía bien qué era lo que
eso podría querer decir vagamente
me imaginaba
que podría caminar
por todas partes sin miedo y
sin perderme
que la ciudad estaría ahí
con una respuesta pronta
para aplacar cada deseo que surgiera
que la ciudad se desplegaría ante
mis ojos mis manos mis piernas
como un libro troquelado
lleno de colores y música e incitaciones sutiles
un juego sofisticado o un
pasatiempo a medias erudito a la vez
mapa diccionario palabras
cruzadas y algo así como un
caleidoscopio amable
después pasaron los años y ahora
que la ciudad es mía
sé lo que mío quiere decir:
en esta esquina el primer beso
y en la otra cuadra una palabra de adiós
allá al norte la muerte de mi padre
en un lugar público y poblado de curiosos asistiendo
mórbidos y morbosos a sus estertores
ahogados al sur
el departamento que me gustó y no llegué a comprar
la iglesia a la que iba cuando creía
que el mundo podía ser mejor
y la casa de las mellizas donde se hacían las fiestas
y el gordito más piadoso nos hizo creer a todas
que éramos la elegida
el camino al aeropuerto y al exilio de un hermano
que se volvió extranjero en el centro
la casa de la infancia un mausoleo
de horror y recuerdos que evito minuciosamente
transitar al oeste la casa que construí
con un compañero que se fue y se llevó su mitad y muy
muy al este la casa del hombre al que más quise donde vive
con su mujer y sus hijos
mía esta ciudad
tan mía que quisiera
irme a un lugar
donde nadie me conozca donde nadie
hable mi lengua
para volver a
creer amar cuidar confiar construir
habitar una ciudad pero
esta sí
que permanezca
si hay dios
para siempre
extranjera.

Anahí Mallol (La Plata, Argentina, 1968), Una ciudad (2016) XXIV Festival de Poesía de Rosario

Foto: Anahí Mallol por Mariano Cocozzella FB




viernes, septiembre 23, 2016

Mariana Robles / Dos poemas










Cuando plancho florece el entendimiento
la revelación se desvía de sus formas lógicas
y lo que soy encarna situaciones ancestrales:
la cadencia, las manos sujetando
la plancha, el calor que emana
conducen a la revelación de un lenguaje
metódico y simple.

     -de Tres mujeres planchadoras

*

Mi linda madre con reiterada ceremonia
mes a mes compra varios rollos de colores
para su doméstica cámara analógica.
Cuando mi hijo Valentino y yo vamos
a visitarla, cruzando el filo de las sierras,
ella nos espera con su obturador abierto
como una flor en éxtasis o a punto de morir.

     -de El árbol de los reflejos

Mariana Robles (Buenos Aires, 1980), Tres mujeres planchadoras, inédito XXIV Festival de Poesía de Rosario





jueves, septiembre 22, 2016

Rubén Reches / Rincones










Casi todos los días,
con el respeto de cualquier hecho por su probabilidad de ocurrir,
en algún rincón de la ciudad dos hombres amigos se confiesan que
      perdieron sus vidas.

En sus voces y en sus ojos hay tranquilidad,
si las manos sostienen vasos o botellas no tiemblan,
pero breves mensajes de miedo se arrojan de un alma a la otra
como entre columpios.

Durante años, en vacíos cafés de barrio, encerrados en piezas
      horas enteras,
se habían aconsejado, reprendido, agradecido palabras
      alentadoras o brutales
como si se tratara de monedas de oro.

Ahora advierten que, aun los más pronunciados giros
logrados tras cada acometimiento de la voluntad,
tampoco fueron sino el único modo de hacer que el itinerario que los trajo
      hasta esta conversación
fuese duramente recto;
que todo fue como el que hasta ayer estaba en sus últimos días y hoy es el
      último y lo sabe y mira el reloj
y, aun con error, entiende que siempre estuvo en la agonía,
que una fiesta, una celda, una mañana mirando libros
no lo conducían a ella sino que desde ella se devanaban.

Como en toda conversación entre quienes ya ven acero en el minuto,
si hay sillas, estas arraigan en un mar de muertos.
Ambos lo saben, pero no lo mencionan ni les importa mirar.

Ahora distinguen días en que, sin pudor, como se orina el viejo,
de algún rincón vedado irán a desenterrar sus invenciones
para exhibirlas a la impiedad de gente que todavía no nació.

Ahora saben que son un mismo odio ese que antes los hacía medirse
      con ciudades
y aquel que los llevará a esconder los fósforos cuando la esposa envejecida
      quiera hacerse un té.

Y esto sucede casi todos los días, en algún rincón de la ciudad,
con el respeto de cualquier hecho por su probabilidad de ocurrir.

Rubén Reches (Buenos Aires, 1949), inédito XXIV Festival de Poesía de Rosario







miércoles, septiembre 21, 2016

Liliana Ponce / Poema









1

A un paso del precipicio los pies no sienten
la velocidad del vehículo que corre
bajo el aire de noviembre.
Las curvas de la carretera se abren de par en par
envueltas en el juego de las piedras,
en anillos de piedras y cactus.

Que ahora entre en la ciudad
como si la noche hablara llamando al fantasma
y la evidencia de cada geografía inexistente
pudiera hacerse tan real
como el espacio de un mantel–
la cinta atada al cansancio,
al completo abandono, la persistencia.
Pero éste es el lugar
y sé que algo quedará
en este borroso punto de despojos,
mientras espero la ciudad,
bajo la sombra de Tenochtitlán,
hueso y concha
en el límite donde podría morir.

2

¿Cuánto hace que partí?
Tomaba té y después los árboles
empezaron a desaparecer
al lado de mi ventanilla.
¿Cuánto hace que partí?

La noche también viajaba
de un continente a otro,
de un país a otro.
–Acude a lo dócil, inclínate,
mi tiempo crea la pasión.
El hechizo es un muro flotante,
separará siempre el viento, el ojo mágico,
separará tu voz, la constelación de los rostros.

¿Cuánto hace que partí
de la tierra desnuda y sin memoria,
de lo húmedo en lo alto del mar,
de la noche túnel cavada?

Liliana Ponce (Buenos Aires, 1950)


Paseante y huésped,
Club Hem Editores,
La Plata, 2016













martes, septiembre 20, 2016

Gustavo Bécquer / Cuántas veces al pie de las musgosas...











[59, LXX] 

¡Cuántas veces al pie de las musgosas
paredes que la guardan
oí la esquila que al mediar la noche
a los maitines llama!

¡Cuántas veces trazó mi triste sombra
la luna plateada
junto a la del ciprés que de su huerto
se asoma por las tapias!

Cuando en sombras la iglesia se envolvía,
de su ojiva calada
¡cuántas veces temblar sobre los vidrios
vi el fulgor de la lámpara!

Aunque el viento en los ángulos oscuros
de la torre silbara,
del coro entre las voces percibía
su voz vibrante y clara.

En las noches de invierno, si un medroso
por la desierta plaza
se atrevía a cruzar, al divisarme
el paso aceleraba.

Y no faltó una vieja que en el torno
dijese a la mañana
que de algún sacristán muerto en pecado
acaso era yo el alma.

A oscuras conocía los rincones
del atrio y la portada;
de mis pies las ortigas que allí crecen
las huellas tal vez guardan.

Los búhos que espantados me seguían
con sus ojos de llamas,
llegaron a mirarme con el tiempo
como a un buen camarada.

A mi lado sin miedo los reptiles
se movían a rastras,
¡hasta los mudos santos de granito
creo que me saludaban!

Gustavo Bécquer (Sevilla, España, 1836-Madrid, 1870), Rimas, edición de Luis Caparrós Esperante en base al Libro de los gorriones, manuscrito 13.216 de la Biblioteca Nacional de España Cervantes Virtual

Nota del Administrador: Caparrós Esperante dio a su edición el orden original del manuscrito, al que corresponden los números arábigos






lunes, septiembre 19, 2016

Enrique Winter / Dos poemas












de Guía de despacho (2010):


Arquitectura                                                     0096

Esto
     la caja de zapatos donde vivo
la caja de zapatos donde vive mi padre.
Dos zapatos izquierdos.

–Cuando chica quería ser artista, veterinaria o astronauta.
–Yo arquitecto (me mira y no me cree).
Mi papá me llevó a la construcción algunos sábados. A mí me
encantaba. Una vez le pregunté en qué consistía su trabajo.
Me dijo que el arquitecto (primera vez que oía esa palabra y
me sonó importante de inmediato, como archiduque)
imaginaba el edificio y que la pega de él consistía en que
simplemente no se cayera. Un trabajo que sólo imaginaba
lugares me pareció extraordinario. No así la opaca labor del
padre. Los lugares imaginados se le comunicaban con dibujos.
Y a eso dediqué mi infancia, a dibujarle rascacielos y chozas.

La pega de mi papá consiste en que no se caigan.



de Rascacielos (2008):


Arreboles en Quezaltepeque

Llevo el mareo de escolar que espera a su rival del callejón
o del que cuenta con los dedos las décimas de nota que le faltan

los mismos dedos que en las sábanas deshechas buscan ese cuerpo ido
como si el blanco fueran teclas de un piano que resiste

la ducha helada antes del trabajo
cruzando en camioneta por la arena

donde yacen los muertos del partido
recostados y hermosos en su caos

como el naranjo de la tarde pintado por las fábricas
el morado del pómulo escolar y los pañuelos de la despedida

que se enarbolan cual bandera: ser silla firme y mesa
un comedor de multitienda dándose forma con las manos.

Enrique Winter (Santiago de Chile, 1982) XXIV Festival de Poesía de Rosario




domingo, septiembre 18, 2016

Gustavo Weisberger / El cuitado










Fue para el cuitado la grosura de trigo subiéndole desde el talón
el rosal a la izquierda, unas cuantas uñas de Yahvé incrustadas en el pecho
metros de cuero agrio para cubrir la pateada bandera argentina
y en ese mismo lustro de vida, cruzarse de piernas como un ordinario
a quien no se le da un mínimo de bola
y se le palmea la espalda y se le marca la ruta, allá le dicen,
aquel camino de parásito y chatarra.

Gustavo Weisberger (Buenos Aires, 1966), Coz, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2015
Más poemas y reseña en Op. Cit.




sábado, septiembre 17, 2016

Mara Pastor / Moho










Los carros de mi casa
tenían los retrovisores pegados con silicona
porque no había dinero para repararlos.
Los espejos fragmentados
como en un rompecabezas mal hecho.
Cuando mirabas por ellos
veías a conductores ebrios, mujeres golpeadas,
adolescentes maquillándose,
niños olvidados en los asientos traseros,
parejas camino a los moteles o a la iglesia,
asesinos vestidos de empresarios,
veías monjas serias que miraban hacia el frente,
al vecino evangélico gritándole a la esposa,
yerberos capsuleando, novios recién casados,
ambulancias,
músicos camino a los conciertos en el anfiteatro,
transacciones de droga, de armas, de huesos,
veías plátanos verdes traídos de Dominicana
y piñas gigantes más dulces que la miel,
veías volkys de colores,
y los contabas y poco a poco desaparecieron,
veías cañas de pescar, tablas de surfear,
las varetas de madera con las que enmarcaba el padre
y que los amiguitos de la escuela
llamaban escopetas,
veías a los policías
que querían multarnos por ir rápido, por ir lento,
por ir con los retrovisores rotos pegados con silicona,
veías la heroinómana en el semáforo
que se quedaba pidiendo monedas
cuando los carros mohosos aceleraban
para llegar a la casa,
a la escuela, a la universidad, al trabajo.
Retrovisores rotos,
movilidad enmohecida por el salitre
mar por todas partes, reflejo de fractal en aguacero,
posibilidad de Yunque, de ave costeña, de yagrumo,
de flamboyán como hemorragia del camino.
En los carros mohosos de mi casa
se hicieron pequeñas revoluciones
amorosas y escolares,
pronuncié correctamente la palabra periódico,
conduje rápido por las autopistas y la ruta panorámica,
me escapé al grito de Lares y a veces vi fantasmas,
en los retrovisores de los carros mohosos
vi los ferrocarriles dándole la vuelta a la isla
y los rostros de la gente
asomados por las ventanas de los vagones
sin que nadie se quejara de no tener aire acondicionado,
vi a mis tíos sin cinturón yendo por la número uno
antes del accidente que hizo llorar tanto a mi madre
y a mi abuelo subiendo la ventana automática
como si fuera un gran adelanto para la familia.
Porque el pasado de esta isla sólo puede verse
en un retrovisor roto con espejos mal pegados:
recuerdos enmohecidos
que están más cerca de lo que parece.

Mara Pastor (San Juan, Puerto Rico, 1980), Arcadian Boutique (2015) XXIV Festival de Poesía de Rosario




viernes, septiembre 16, 2016

Adán Echeverría / Para que pueda poner al día todas mis ideas











Es el aire
y la tristeza en remolino
dentro de la piel
en mis ojos
el diablo
dice que no somos Pensantes
sino hechos en fábrica
clonados frente al ordenador
junto a las ventanas virtuales
esperando siempre
El diablo nos mira desde el ojo de la cámara
pequeñito como ha sido siempre
pobre diablo de arrugadas alas
celofán
pobre diablo de mirada musical
caído de tan viejo
en el objetivo de la cámara
sueña que lo reconozcamos en cada nuevo rostro
donde somos el aire
la virtualidad
mirándonos en el otro
vigilantes calladitos y ensimismados
por el teclado
somos la idea detenida
el mismo ser humano que no deja de aullar
su para qué para qué para qué
ad infinitum

Adán Echeverría (Mérida, México, 1975), inédito Periódico de Poesía No. 91, México, Julio-Agosto 2016


jueves, septiembre 15, 2016

Monika Rinck / Dos poemas











de zum fernbleiben der umarmung (2007):

i had a pony (her name was lucifer)

su mirada ávida de pony, bajo cejas llameantes
así petrifica las flores el cielo en piedra
lapislázuli y en banda ancha petrifica los rojos
los corales en arrecifes rodeada de mozos
otra vez no puede pagar debe
irse ya un forcejeo en la espalda
los clientes miran el piso a través de los vasos
cuando el mozo la lleva de los pelos
ríe pierde el equilibrio casi no conoce dosis
su brazo en alto se agita reforzado tóxicamente
tintinean las joyas baratas como llaves
el modo en que ahora grita cómo puede ser
que nosotros todos nosotros hayamos olvidado por completo
que de la garganta de la medusa decapitada
por Perseo emana el hijito de un caballo
que le lleva rayos y truenos a zeus
quien no contó hasta ahora en absoluto con
estos atributos de la dominación –



de Verzückte Distanzen (2004):

la defense

pocos grados, tal vez cinco
o siete, vuelven ardiente la ciudad
en deriva semántica, haitiana, una túnez tal vez,
se deja llevar en dirección al ecuador, el calor,

la desesperación, mi amor, veo
cómo la correa, la dicha, este bolso,
te cabe en el hombro, el blanco,
clara, y nunca totalmente seca, una franja

en el cielo dichoso, tan alto o más alto,
los ejes defienden la altura contra la extensión
cortan caminos transversales, hunden
la histérica vereda en el suburbio

se siente la desesperación, se siente
aquello que sienten los que son felices, se llena
el gran foro, más grande aún,
con personas, el ascensor, los ejes

de la circulación, dirigidos hacia el cielo,
hacia la bóveda, el eje transversal, mientras tanto
los amigos en auto alquilado suben
por el carril en dirección equivocada

porque los amigos son como los sentimientos
potenciados, son como la expectativa, son
temperaturas dialécticas, ya no distinguen
entre dicha y desesperación.

Monika Rinck (Zweibrücken, Alemania, 1969), XXIV Festival de Poesía de Rosario
Versiones de Silvana Franzetti


i had a pony (her name was lucifer)

ihr gieriger ponyblick unter züngelnden brauen
so versteinert sie blüten den himmel zu stein 
lapislazur und in breitband versteinert sie rotes 
korallen zu riffen umkreist von den kellnern 
kann sie schon wieder nicht zahlen sie muss 
sofort weg hier ein gerangel im rücken
die gäste schauen zu boden in gläser
als sie ein kellner an den haaren herbeizieht 
lacht sie kippt fast kennt keine dosierung
ihr erhobener arm fuchtelt toxisch verstärkt
klimpern die billigen klunker wie schlüssel
wie sie jetzt losschreit wie es denn sein könne
dass wir wir alle offenbar komplett vergessen
dass dem hals der von perseus geköpften
medusa ein pferdesöhnchen entsteigt
das blitz bringt und donner dem zeus
der über diese attribute der herrschaft 
zuvor überhaupt nicht verfügte –


la defense

es sind nur wenige grad, vielleicht fünf
oder sieben, um die erhöht die glühende stadt
in semantischer drift, haitisch, ein tunis vielleicht,
in richtung äquator davontreibt, die wärme,

die verzweiflung, mein liebling, ich sehe, 
wie der riemen, das glück, diese tasche, 
dir in die schulter, die weiße, hineingeht,
hell, und niemals ganz trocken, ein streifen

am glücklichen himmel, so hoch oder höher, 
verteidigen achsen das hohe gegen das weite
schneiden sie wege in das gequerte, senken
den hysterischen steg weit in die vorstadt

man fühlt die verzweiflung, man fühlt
was die glücklichen fühlen, es füllt sich 
das forum, das große, noch größer, 
mit menschen, der aufzug, die achsen

des kreislaufs, gerichtet, zum himmel, 
zur wölbung, die quere, indes fahren die
freunde im gemieteten auto den zubringer 
in einer nicht glücklichen richtung hinauf

denn die freunde sind wie die gefühle
gesteigert, sind wie die erwartung, sind
dialektische temperaturen, unterscheiden
zwischen glück und verzweiflung nicht meh.







miércoles, septiembre 14, 2016

Reynaldo Jiménez / De "Piezas del tonto"












3
(soma)

Ni ahí con tu camisa de vara
Camisa de fuego
Homicidios del homínido a su dios
no me preocuparía tanto por el sabor del milagro
sigo lo que digo este espejismo
quedarse sin órganos a la deriva del acto
será la risa
me llamo con ese nombre que no me dieron
escuchen cómo gira el vaso una vez
vivo la nuca
dentro

entre este lázaro recomenzar de lazarillo
y la permeable mutación entre las partes
consigo remedar ahíto apenas de criterio
contra que junto unas piedras desairadas

unas mangas de camisa que se acercan a
la sombra de aquella melodía por la que
tanto pagarías verso y prosa esa rugosa
espesura seca de las bocas cara y cara

y meca sin sus puentes cúrvase el sueño
presencial de esta vía siguiéndole el paso
a una primavera de distancia que se vea
que se mueva

que se te consigan unos brazos para irte
de mentas a la profundez con tus parás
itos comiéndose la luna en tu cruzarte
de brazos congelado bajo el rubor aún

como si fueses niñato de movida a la
luz adjudicable en peso pluma en pira
en plan de asalto estocada con garfio
pirata al fondo de la sala de enhestar

se te planta el canturreo como una raja
quien te come sin tomar ventaja del desvío
que ahora eternidades por la ventana arroja
para sonaja de brisa alrededor de la cuna

y más allá del firmamento las penurias
a tormentas de acá cerca les echas espejo
contra el ahora sin ley ahora que es más
que escucharte raíz del exceso

se fue de más o de boca el seso pétreo
la contingencia adormecida por las olas
de las palabras que no afilan retorno
si confiscan esta esencia de apetito

a solas soy las olas y me encuentro disparado
del sonido de mi escucha más desnudo salgo
cualquier escudo con su exclusa la cola mueve
por más perdido o mordisqueado agudo nudo

desdicha fluente va el acto de embrujo
entretacto de signos de sangre es el fruto
ascóndito lo persigo por amor al contacto
confluencia de varios ríos y al buen relente

con portátiles diablitos muy comportados
en el salón los conmino de mi frente
encrucijada del presente con dos mil puentes
derivan un rito los acosados aquellos

olvidaron suyos ecos mientras cangrejo
me encuentro ante el sonido de mi lucha
para salirse de costado a lado mover onda
que abrigue tus amparos vida encinta

prepara para ver qué relumbra el laberinto
de los cuernos aún de estos diablos incoloros
conversando con las oceánicas brasas a oscuras
en la plaza mayor del agujero destespejo


Reynaldo Jiménez (Lima, 1959)



Piezas del tonto,
Club Hem Editores,
La Plata, 2016












martes, septiembre 13, 2016

Stevie Smith / Dos poemas











Dios el devorador

Hay un dios en quien no creo,
mas hacia este dios mi amor se extiende;
este dios en quien no creo es
mi vida entera, mi vida y yo soy suya.
Todo lo que en mí hay de placer y dolor
(de amargo dolor y desprecio de los hombres)
se lo doy como alimento a este dios
pues él es mi vida entera y yo soy suya.
Cuando esté muerta espero que él devore
todo lo que haya sido y no haya sido
y lo triture y lo engulla y engorde
devorando mi vida toda pues es suya.


Aquí yace…

Aquí yace un poeta que no escribe más
su alma atraviesa la noche gritando
"Oh, denme una pluma, y denme papel
y sin demora comenzaré".
Pobre Alma, guarda silencio. En la región de la Muerte
no hay pluma, papel, noción —y no hay Tiempo.

Stevie Smith (Hull, Inglaterra, 1902-Ashburton, Inglaterra, 1971), Periódico de Poesía, número 90, México, Junio de 2016
Traducción de Rolando Gómez Roldán

Foto: Stevie Smith por Leslie Davis, 1954 Getty Images/BBC


 God the Eater

There is a god in whom I do not believe
Yet to this god my love stretches,
Thig god whom I do not believe in is
My whole life and I am his.
Everything that I have of pleasure and pain
(Of pain, of bitter pain and men's contempt)
I give this god for him to feed upon
As he is my whole life and I am his.
When I am dead I hope that he will eat
Everything that I have been and have not been
And crunch and feed upon it and grow fat
Eating my life all up as it is his.


Here Lies…

Here lies a poet who would not write
His soul runs screaming through the night,
'Oh give me paper, give me pen,
And I will very soon begin.'
Poor Soul, keep silent. In Death's clime
There is no pen, paper, notion —and no Time.

lunes, septiembre 12, 2016

Lorenzo Calogero / Dos poemas











Vacila alguno de estos hilos...

Vacila alguno de estos hilos
de aire suspensos cuando sobre la rada
soleada hojas tristes de sombra
esparce el otoño.
La muerte
con esto bien se corresponde,
como si, detrás del vitral liso
de las cosas, para hablarnos,
estuviese con su rostro pobre
el rostro pobre
de cada uno.


Los besos, las persianas verdes...

Los besos, las persianas verdes,
verdes árboles modestos, verdes y móviles
sobre los declives del huerto.
Ansioso va un dibujo sobre los techos.
Una corola se desliza sobre personas muertas.
Sabías que intacto, feliz un deseo
era el golpe de un sueño entreabierto,
sueño cerrado liviano de una muerte.

Lorenzo Calogero (Melicuccà, Italia 1910–1961), Sogno più non ricordo (1956-58), en Lorenzo Calogero. Poesie
Versiones de Jorge Aulicino



Esita qualcuno di questi fili...

Esita qualcuno di questi fili
d’aria sospesi quando sulla rada
assolata foglie tristi d’ombra
sparge l’autunno.
La morte
ti si addice cosí bene
come se, dietro la vetrata glabra
delle cose, a parlarci,
stesse col suo viso povero
il viso povero
di ognuno.



I baci, le persiane verdi...

I baci, le persiane verdi,
verdi alberi modesti, verdi mobili intorno
sulle piagge dell’orto.
Trepido è un disegno sui tetti.
Una corolla scivola su persone morte.
Sapevi quanto intatto, leggiadro un desiderio,
era colpo di un sogno dischiuso,
sogno chiuso leggero di una morte.