lunes, marzo 27, 2017

Alastair Reid / Escocia















Era un día especial en esta parte del planeta,
las alondras se alzaban cantando en largas hileras
y el aire cambiaba al ritmo del brillo de los ángeles.
El verdor penetraba el cuerpo. Los pastizales
temblaban rebosando presencias, y la luz del sol
permanecía como aureola en el pelo entre brezos y cerros.
Camino al pueblo vi, envuelta en una reluciente gabardina,
a la mujer de la pescadería. "¡Qué día tan bello!",
exclamé, como un demente insolado.
Y ella, ¿qué podría responder? Frunció el ceño,
sombríamente. Sus ancestros, furiosos en las tumbas,
conforme ella prorrumpía, a tono con una miseria de siglos:
"¡Pagaremos por ello, vaya que sí, pagaremos por ello!"

Alastair Reid (Whithorn, Escocia, Reino Unido, 1926-Nueva York, Estados Unidos, 2014), "De adentro hacia afuera", Antología resonante. Selección de obra poética y ensayística, editorial Bonobos, Toluca, México, 2016
Traducción de Pura López Colomé


Scotland

It was a day peculiar to this piece of the planet,
when larks rose on long thin strings of singing
and the air shifted with the shimmer of actual angels.
Greenness entered the body. The grasses
shivered with presences, and sunlight
stayed like a halo on hair and heather and hills.
Walking into town, I saw, in a radiant raincoat,
the woman from the fish-shop. 'What a day it is!'
cried I, like a sunstruck madman.
And what did she have to say for it?
Her brow grew bleak, her ancestors raged in their graves
as she spoke with their ancient misery:
'We'll pay for it, we'll pay for it, we'll pay for it!'



domingo, marzo 26, 2017

Horacio Salas / Mate pastor















(Fragmento)

Finalmente
se sabe que
en las permanentes temporadas del celo nocturno
cuando las aves del sexo preparan sus garfios en la
  oscuridad
las calles se pueblan de extraños contornos y cualquier
   mínimo asomo de calor
la brevedad de una pollera una sonrisa el ritmo de unos
   pasos
pueden transformar la habitual tranquilidad de las
   conversaciones académicas
y después de triturar los helechos de la corrección
uno busca las orillas de un vestido ajustado para que las
   manos sientan
que la libertad es un camino a ras de piel
y que el amor es entre otras cosas una interminable
   secuencia
de trivialidades encaminadas al orgasmo
En esa peripecia en esa navegación corsaria a través de
   los muslos
uno vuelca en los espejos los pequeños recuerdos las
   costumbres del ocio
el sol ensañándose en los cuerpos
sabe sin embargo que nada podrá igualar a los feroces
   temporales de la lengua
a los destrozados puertos que noche a noche se aniquilan
transversalmente en una cama
en las proliferaciones del semen en una marca en el
   cuello
en las condecoraciones de humedad en las paredes
Entonces uno recorre infinitas habitaciones cuentos que
   repite la memoria
y esa mujer que se muerde los labios se adueñó del
   rostro que jadea en su oído
Nada podrá impedir que un hombre y una mujer se
   amen
ni las tribulaciones del cansancio ni la vejez de las
   palabras
ni los frecuentes reproches
Los dos conocen de antemano las fatigas que abruman
  la piel
los intransitables senderos de las pesadillas
pero como oficiantes de un rito que desafía el rigor de la temperatura
en las tinieblas o en la precisión de una luz calcando
      mapas
ni el hombre ni la mujer pueden vivir separados
y como conocen sus limitaciones tratan de encontrarse
   en un silencio
que sólo interrumpen las escasas palabras de un lenguaje
   incoherente y secreto
A la distancia
aferrado al cordón umbilical un hombre flota en el
   vacío
mientras una lluvia de meteoros colorea los planos del
   espacio
y alrededor de Alfa del Centauro dos manos —de
alguna manera hay que llamarlas-
repiten sin saberlo que en las permanentes temporadas
   del celo nocturno
el estrépito del sexo -digamos de la vida-
constituye la prioridad primera de las células.

Horacio Salas (Buenos Aires, 1938), Mate pastor, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1971




sábado, marzo 25, 2017

Marina Serrano / Membrana (3)















Un día no es el blanco
para quien se hace
discernimiento
matemático operatorio maquinal,
bastan los canales que separan
las sustancias de su cualidad última, fronteras
que hacen vida. Y orden,
pérdida, abandono, enajenación, ignorancia,
también ese otro,
nos vuelve uno
en la división que atraviesa
la historia completa
y vive en cada elemento
hasta la igualdad final
de todas las cargas.

--------------------
3 Membrana: del latín membrana,/

       Dos cabezas se repelen, enfrentan
       el espacio
       entre ellas
       es el vacío único
       que no puede ser llenado,
       la inteligencia germinal
       el juicio, la pugna primera
       y eterna
       entre colas verdes de dragón
       y disciplinas de cadenas.

/ 'pergamino', 'envoltura, capa'. O de mēmbrum, variante de membrar, 'acordarse', de memorāre, 'mencionar, referir', 'recordar algo de alguien', derivado de memor, 'el que se acuerda de algo'. O de la raíz indoeuropea mēms-, 'carne'. En citología, membrana celular se refiere a la doble capa lipídica con proteínas asociadas que rodea la célula y a través de la cual se realiza el intercambio de sustancias y la transducción de señales. el latín antiguo membrāna(m) se ha mantenido en uso ininterrumpido desde el latín clásico, en el sentido de 'piel fina que recubre un miembro', y se halla documentado en español desde 1450, y en sentido moderno, más específico, se atribuye al histólogo francés M. F. Bichat hacia 1800.


Marina Serrano (Quequén, Argentina, 1973), Psiquis anatómica. La doble organización del conocimiento, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016

Foto: Marina Serrano en FB



viernes, marzo 24, 2017

Elfriede Gerstl / Lo que sigue siendo deseable y lo que no















el tiempo que me queda
es una cuerda que pareciera ceder
mis días
guisantes lanzados al cazo sin cuidado
qué podría despertar mi curiosidad
nunca tuve ganas de ir hasta una cordillera de la India
estudiar la pobreza y la ignorancia
tampoco necesito espiar el bramido
de una cascada
ni contemplar a los turistas contemplar
no pueden deshacerse de mí las montañas
las dejo en paz
visito ciudades como cafés
sin previa nostalgia
algunas personas me mantienen
girando y activa
su consentimiento es la cumbre de mi dicha
su comprensión de mis expediciones mentales
mi meta en el viaje

Elfriede Gerstl (Viena, 1932-2009), catálogo del V Festival de Poesía Latinoamericana en Viena, 2009
Traducción de Claudia Sierich
Envío de Jonio González

Foto: Elfriede Gerstl, 2007 Matthias Cremer/derStandard.at 






jueves, marzo 23, 2017

Graciela Cros / Alegría de Nueva Guinea
















Fin de semana con muertos en la ciudad.
Accidentes de auto, choques, vuelcos,
grescas vecinales, ataques de pandillas,
crímenes pasionales, suicidios inesperados
y otros decesos inclasificables.

Y yo
compro una planta de flores rojas.

Alegría de Nueva Guinea,
me dice la vendedora, así se llama.

Entonces voy al mapa para ver
dónde queda exactamente ese lugar.

Lejos, al norte de Australia,
es la segunda isla más grande del mundo
y está dividida en mitades casi iguales.
Una es independiente y la otra Indonesia.

Pienso en cómo una Alegría de Nueva Guinea,
su extremo confín,
viene conmigo en este auto rumbo a casa,
una Alegría de Nueva Guinea
y el amor, ah el amor,
encabeza la lista de muertos
este fin de semana en la ciudad.

Graciela Cros (Carlos Casares, Argentina, 1945)


Pampa de Huenuleo,
Ediciones en Danza,
Buenos Aires, 2017










Foto: Graciela Cros en FB



miércoles, marzo 22, 2017

Jaime Gil de Biedma / No volveré a ser joven














Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde ­
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos ­
envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma (Barcelona, España, 1929-1990), Las personas del verbo, Barral Editores, Barcelona, 1975
Envío de Jonio González





martes, marzo 21, 2017

Mirta Rosenberg / La poesía es un lugar sin letra















Hay lo que hay, y es todo:
un hotel en Santa Ana, Uruguay,
con el Río de la Plata sin lodo -lo esencial
es que haya playa y árboles y plantas,
más pájaros que cantan-. Casi solas
miramos las olas que el viento sur levanta. Nada hay,
ningún quehacer salvo mirar, ver
y ponerle apellido a cada cosa, por no saber
cómo se llama: arbusto de jardín o pajarito
de pecho anaranjado. Y para leer, si caminamos
sólo están los nombres de las casas
-De enero a enero, Rincón soleado-,
la patente de un auto que pasa
y la caprichosa signatura
de alguna nube oscura que inventa un contraluz.
Eso, o en tu caso, entregarse a Proust,
flotar a la deriva en agua extraordinaria,
precaria y transitoria aunque segura
-la historia de la literatura-
y cruzarse a otra orilla desde ésta,
perfumada de eucaliptus y de gramilla verde
recién cortada, y hacerse vieja en otra parte
donde lo que se pierde acaba por ser
pura ganancia.

Mirta Rosenberg (Rosario, Argentina, 1951), "Lugares amenos, 1", Cuaderno de oficio, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2016





lunes, marzo 20, 2017

Rainer Maria Rilke / Torso arcaico de Apolo














No conocemos la legendaria cabeza
donde sus ojos maduraron como manzanas.
Pero su torso arde todavía igual que un candelabro
en el que la vista, aun deficiente,

persiste y brilla. De otro modo el torso curvo
no te deslumbraría ni por el sereno arco de las caderas
una sonrisa se deslizaría hasta el oscuro centro
donde la procreación llameaba.

De otro modo esta piedra parecería desfigurada
bajo la traslúcida cascada de los hombros
y no reluciría como la piel de una bestia salvaje

ni, de cada uno de sus bordes,
estallaría como una estrella: porque aquí no hay
un solo lugar que no te mire. Debes cambiar tu vida.

[1908]

Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926), Sämtliche Werke, Insel, Fráncfort, 1955
Versión de Eduardo Conde
vía Jonio González, Barcelona


ARCHAÏSCHER TORSO APOLLOS

Wir kannten nicht sein unerhörtes Haupt,
darin die Augeäpfel reiften. Aber
sein Torso glüht noch wie ein Kandelaber,
in dem sein Schauen, nur zurückgeschraubt,

sich hält und glänzt. Sonst könnte nicht der Bug
der Brust dich blenden, und im leisen Drehen
der Lenden könnte nicht ein Lächeln gehen
zu jener Mitte, die die Zeugung trug.

Sonst stünde dieser Stein entstellt und kurz
unter der Schultern durchsichtigem Sturz
und flimmerte nicht so wie Raubtierfelle;

und bräche nicht aus allen seinem Rändern
aus wie ein Stern: denn da ist keine Stelle,
die dich nicht sieht. Du musst dein Leben ändern.






domingo, marzo 19, 2017

Jorge Humberto Chávez / Otra crónica















El 6 de octubre de su año Armando El Choco nos comentó en
una fiesta que lo habían ido a buscar

y lo encontraron un mes más tarde esa mañana que calentaba el motor
de su auto para llevar a sus hijas a la escuela

en 1967 íbamos al río Bravo a lavar los coches del barrio primero
el del Chato luego el de Bogar y al último el de Huarache Veloz

en 1990 los policías iban al río Bravo a pescar muchachas que
esperaban en la orilla para cruzar a El Paso

en el año 2010 ya sin río casi un migra y Sergio Adrián de 13 años
pelearon él con una piedra en su mano y el agente con un revólver

ese mismo año en una tienda de Salvárcar el empleado se negó a pagar
una extorsión y recibió un tiro en la cara

y 17 vecinos suyos fueron cazados uno a uno mientras celebraban
la victoria de un partido de tach

oh jóvenes hijos de Cadmo yo sé que quisieran estar en otra parte
pero hoy están aquí cantaba el viejo Ovidio

y a ti mujer que sacaron de su casa y amenazaron con matar
a tu marido si no subías a tu último paseo en auto

te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya
no hay río ni llanto

Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, México, 1958), Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2013



sábado, marzo 18, 2017

Germán Arens / De "¡Oh, qué lugar más bello!"















Hubiera querido
abandonar la Tierra a tiempo
aquel incrédulo vecino mío,
terrestre, egocéntrico y materialista;
que sentado en su jardín descansaba
cuando una nave aterrizó a metros de su reposera
y se negó a dejar el lugar
diciendo que su mujer
aún no había vuelto del gimnasio.


Afuera llueve. En alguno de sus cuerpos, mi viejo sillón amarillo sufre la ausencia de quienes no vienen. Bajo el techo se refugian tres mosquitos. Uno parece una pequeña piedra de coral. Alguien me dijo que tienen cuarenta y siete dientes y son las hembras las que pican. Antes de dormir debo matarlos. Siempre es de noche cuando  percibimos los cambios que  impone el presente. Sin embargo, a pesar de no ser un momento apropiado para manifestar inteligencia, me observo con bastante indiferencia en una situación que pocos soportarían.


Andrea mira sus uñas recién esmaltadas. Antes de acostarse pasa por la cocina y verifica que  la llave de gas no quede abierta. Baja las persianas y mira el cielo. Piensa que Júpiter es extraordinario en el más profundo significado de la palabra, que de haber acumulado más materia podría ser un sol.

Germán Arens (Bahía Blanca, Argentina, 1967)

Foto: Germán Arens en FB


¡Oh, qué lugar más bello!,
Barnacle Ediciones,
Buenos Aires, 2017












viernes, marzo 17, 2017

Zhang Zao / Mi padre













Era 1962 y no sabía qué hacer.
Joven todavía, idealista y de izquierda,
pero etiquetado como reaccionario.
En Xinjiang la panza se le hinchó por el hambre
y escapó de regreso a su hogar en Changsha.
Su abuela le cocinó sopa de cerdo y zanahoria,
con unos dátiles rojos flotando en el caldo.
Dentro de su cuarto prendió una varita,
y observó en el humo un desconcierto ascendente.
Se encontraba perdido de verdad ese día.
Salió a dar un paseo, pero no pudo pensar.

Se echaba a reír mirando fijo cosas invisibles.
Su abuela le dio un cigarrillo, y él fumó por primera vez.
Dijo: la palabra “absurdo” se deshace en los anillos de humo.
Al mediodía tuvo ganas de ir a sentarse a una isla,
a tocar la flauta.
Empezó a andar hacia allá pero en el medio cambió de idea,
y mientras bordeaba el mismo camino de golpe
pensó que siempre había dos yo dentro de él,
uno que iba para un lado,
y otro que iba para el otro,
uno que cantaba sentado sobre la belleza,
y otro que marchaba por la ruta de Mayo
en el centro de una verdad inextinguible.

Pensó, ahora está todo bien. Como sea, está todo bien.
Se detuvo. Se dio vuelta. Empezó a caminar hacia la isla.
Con este giro, conmovió una campana en el horizonte.
Con este giro, perturbó todos los ritmos del mundo.
Con este giro, el camino se volvió maravilloso,

y mi padre se convirtió en mi padre.

Zhang Zao (Changsha, China, 1962-Pekín, 2010), Poemas reunidos (张枣的诗), People's Literature, Pekín, 2010
Traducción de Miguel Angel Petrecca en el blog Miguel Angel Petrecca



1962年,他不知道该怎么办。他,
还年轻,很理想,也蛮左的,却戴着
右派的帽子。他在新疆饿得虚胖,
逃回到长沙老家。他祖母给他炖了一锅
猪肚萝卜汤,里边还漂着几粒红枣儿。
室内烧了香,香里有个向上的迷惘。
这一天,他真的是一筹莫展。
他想出门遛个弯儿,又不大想。
盯着看不见的东西,哈哈大笑起来。
他祖母递给他一支烟,他抽了,第一次。
说,烟圈弥散着咄咄怪事这几个字。
中午,他想去湘江边的橘子洲头坐一坐,
练练笛子。
他走着走着又不想去了,
他沿着来路往回走,他突然觉得
总有两个自己,
一个顺着走,
一个反着走,
一个坐到一匹锦绣上吹歌,
这一个,走在五一路,走在不可泯灭的
实里。
他想,现在好了,怎么都行啊。
他停下。他转身。他又朝橘子洲头的方向走去。
这一转身,惊动了天边的一只闹钟。
这一转身,搞乱了人间所有的节奏。
这一转身,一路奇妙,也
变成了我的父亲



jueves, marzo 16, 2017

Ana Franco / Fabulación de los poetas actuales


















I
Me muevo en el registro de las oquedades
(o del registro)
Busco la luz
Como quien busca los lentes que trae en la cabeza
siendo que lo mío no fue nunca

ese

situar la latitud del pozo humano
O fábula de una vida llena/vacía
de bestias que sueñan que soñaron
(si soñaron)
Pero que tienen Hambre


II
—No fuimos nosotros quienes nos detuvimos
—No hubo nada que pudiéramos hacer

[Enfrente la construcción avanza: el ruido (voces y máquinas) de quienes construyen. Gritan y silban mientras tejen enormes hiladas de acero con los brazos. Y martillan la sinfónica polvareda de un futuro edificio que por lo pronto conjuga risa y pobreza. Los hombres, que sí cantan].

Ana Franco (Ciudad de México, 1969), El libro de las condiciones, inédito

Foto: Ana Franco en FB



miércoles, marzo 15, 2017

Robert Creeley / Arroyo















A través del terreno que hay
al otro lado de la ventana
la gente camina
bajo un sol intenso.

Igual que años atrás veíamos
a los niños ir a la escuela
en el edificio ahora vacío
al otro lado del arroyo.

Algunas personas,
el señor Gutiérrez y,
probablemente, su hijo,
Victor, que ha vuelto del ejército.

Qué sentimental
e intensa llega a ser nuestra vida
cuando tratamos de pensar en ello,
dicho esto con palabras simples.

Qué lejana en el tiempo y el espacio
la distancia,
la simple división de un arroyo,
entre la gente.

Robert Creeley (Arlington, Estados Unidos, 1926-Odessa, Estados Unidos, 2005), The Collected Poems of Robert Creeley, vol. 2, University of California Press, Berkeley y Los Ángeles, 2006
Versión de Jonio González

Foto de Creeley por Jonathan Williams/Hilobrow


ARROYO

Out the window,
across the ground there,
persons walk
in the hard sun -

Like years ago we’d watch
the children go to school
in the vacant building now
across the arroyo.

Same persons,
Mr. Gutierrez and,
presumably, his son,
Victor, back fron the army-

How sentimental,
heartful, this life becomes
when you try to think of it,
say it in simple words -

How far in time and space
the distance,
the simple division of a ditch,
between people.






martes, marzo 14, 2017

Rita Kratsman / Silba esa línea de voces















silba esa línea de voces
en qué tiempo de pájaros

cuando en verdad
quiero hablar de las maquinaciones
de ahora con su aire y lo demás
en un amanecer ya deshecho
y
fluidez de saliva
en el silencio

los humos pestilentes en el fondo de la tarde
nunca como ahora

de la misma camada es al fin la
disolución del pensamiento
y de las cosas como eran aun con sus descuidos
en el alboroto de las ramas, sí

Rita Kratsman (Buenos Aires, 1940), Tornasol, El Jardín de las Delicias, Buenos Aires, 2015




lunes, marzo 13, 2017

W. S. Merwin / A mis dientes














Así los compañeros
de Ulises que
permanecían junto a él
después de noches cabalgando las rutas del mar
las otras islas los amigos
perdidos uno a uno en el dolor
y el regreso a casa un día
vacío una edad futura
que ya era suya
pero ahora cargando cicatrices
y ennegrecidos y desgastados y algunos
rotos imposibles de identificar
y aún faltan
los arrancados de su lado
los que crecieron con ellos
y les sirvieron por años sin titubeos
sin pedir nada

sentados alrededor de antiguos lugares
a través de los huecos
diciéndose a sí mismos
que eran los afortunados
por estar en su sitio

pero se quedaría él ahí

William Stanley Merwin (Nueva York, Estados Unidos, 1927), Perdurable compañía [Present Company, 2005], Vaso Roto, Madrid, 2012
Trducción de Jeannette Clariond
Envío de Jonio González


To My Teeth

So the companions
of Ulysses those that were
still with him after
the nights in the horse the sea lanes
the other islands the friends
lost one by one in pain
and the coming home one
bare day to a later
age that was their own
but with their scars now upon them
and now darkened and worn and some
broken beyond recognition
and still missing the ones
taken away from beside them
who had grown up with them
and served long without question
wanting nothing else

sat around in the old places
across from the hollows
reminding themselves
that they were the lucky ones
together where they belonged

but would he stay there.

-Present Company, Google Books Copper Canyon Press, Washington. Copyright 2007 by W.S. Merwin




domingo, marzo 12, 2017

Giovanni Raboni / Dos poemas















Este es el catálogo

Y así, si vas de paseo caminando, terminás
por conocerlas a todas; vejestorios
de la calle Lazzaretto, avispadas
y en grupos, como comadres; las burguesas
modestas, casi lóbregas, esperando
entre Ponte Vetero y Arena;
la rubia de las Cinco calles
con su cara hinchada, apedreada. Y ves
que es todo distinto en las avenidas,
allí las chicas son esbeltas y sanas
y suben riendo con gente encapuchada
a las claros blindados...


Suicidio en la enfermería

En un tropel de sólidos, transparencia
de gotas de agua. Peladuras
de naranja. Las barandas de la cama. Y
la fatiga pasada. Adormilado
entre dos almohadas, entre una muerte
que repta y otra que espera muy
tímida, evasiva en el semicírculo
de la sombra -¿negarse
con la cabeza, piensas?- alcanzar a tientas
el blanco de la lámpara, enjaretarse los anteojos
para dar caza a otra muerte, más cercana, específica
como el vidrio, el plástico, el cartón...

Giovanni Raboni (Milán, Italia, 1932-Fontanellato, Italia, 2004), A tanto caro sangue, Mondadori, Milán, 1988
Versiones de Jorge Aulicino


Il catalogo è questo

E poi, se vai in giro a piedi finisci
col conoscerle tutte: le vecchione
di via Lazzaretto, vispe
e a gruppi, come comari; le borghesi
modeste, appena lugubri, in attesa
tra Ponte Vetero e l'Arena;
la bionda delle Cinque vie
con la sua faccia gonfia, lapidata. Dunque vedi
che è tutto diverso dai viali
dove le ragazze sono sane e sottili
e salgono ridendo con gente incappucciata
nelle chiare autoblindo...


Suicidio in infermeria

In un branco di solidi, trasparenza
di gocce d'acqua. Pelli
d'arancia. Le sponde del lettino. E
la fatica che ha fatto. Assopito
fra due guanciali, fra una morte
che striscia e una che aspetta così
timide, sfuocate nel semicerchio
dell'ombra - scuotersi
da capo, ci pensi?, raggiungere a tastoni
il bianco della lampada, inforcare gli occhiale
per dar la caccia a un'altra morte, più vicina, specifica
come il vetro, la plastica, il cartone...



sábado, marzo 11, 2017

Hans Børli / La mano de Dios















Mi pequeña vida recóndita:
Una llama de cerilla
que flamea asustada
en el hueco de la mano de Dios
durante las ventosas noches del mundo.
Sí, en el asustado resplandor de mí mismo
he visto la palma
de la mano de Dios.
Era dura y tosca,
gastada
como la mano de un colono
que una tarde en su campo
aplasta un grano de cebada para ver
si el meollo es bueno

Hans Børli (Eidskog, Noruega, 1911-Skotterud, Noruega, 1999), Poesía nórdica, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999
Traducción de Francisco J. Uriz
Envío de Jonio González




viernes, marzo 10, 2017

Sandro Penna / De "Segreti"
















Soy un pequeño mocoso
muy terrible y caprichoso
siempre me pendula el coso:
no lo veo vergonzoso.

*
El burro tira del carro
por un puñado de heno
y el hombre detrás le pega.

*
En Roma he oído cantar
una piedra como el arroyo
de un secreto bosque mío.

*
El Viareggio es una cosa *
con las espinas de una rosa.

*
No ves que en Roma los gatos
duermen de a dos.

*
Los cantos desesperados de la noche
son los muchachos que mi corazón no tuvo.

*
Y quedamos a oscuras
con el alma mojada.


Sandro Penna (Perugia, Italia, 1906-Roma, 1977), Segreti, svelati da Enzo Giannelli, illustrati da Lorenzo Conte, Don Chisciotte, Roma, 1977
Versiones de Jorge Aulicino

* Se refiere sin duda al premio Viareggio que obtuvo veinte años antes ex-aequo con Pier Paolo Pasolini,y que ganaron entre otros Carlos Emilio Gadda, Vasco Pratolini, Italo Calvino, Alberto Moravia, Giorgio Bassani, cuya entrega a Penna causó cierto escándalo por la alusiones homosexuales de sus poemas, no presentes aún en Pasolini.

Nota del traductor: Giannelli consigna en el prólogo de este pequeño libro que se trata de poemas dictados por teléfono o anotados por el recopilador en el borde de la cama del autor en sus últimos días. "Son mis secretos, son mi vergüenza", decía Penna de estas ocurrencias epigramáticas, afirma Giannelli, quien asumió en ese prólogo la responsabilidad "cósmica" de darlos a conocer. Se imprimieron 121 copias numeradas.


Sono un bambino moccioso
terribile e capriccioso
sempre mi penzola il coso
che non trovo vergognoso.

*
Il ciuco tira il carretto
per un pugno di fieno e l'uomo
che viene dietro lo batte.

*
A Roma ho sentido cantare
un sasso come il ruscello
di un mio segreto bosco.

*
Il Viareggio è una cosa
che ha le spine di una rosa.

*
Non vedi che a Roma i gatti
dormono a due a due.

*
I canti disperati de la notte
sono i fanciulli che il mio cuore non ha avuto.

*
E poi restammo al buio
con l'anima bagnata.




jueves, marzo 09, 2017

Santiago Sylvester / Una dosis de inexactitud parece necesaria


                         














                                (a qué hora exacta fue escrito este poema)

Una dosis de inexactitud parece necesaria:
en el ladrido del perro, en la lluvia, en la cebolla del caldo,
     en el cuidador del parque.
No todo tiene importancia o justificación: hay alivio
en que algo tenga que fallar.

Un balazo puede ser exacto si mata;
un pedazo de carne, si calma el hambre;
pero hay demasiada cosa inexacta como para ponderarlo; la
     estadística apuesta a lo impreciso;
cuándo ocurrió el nacimiento, el tornado; la salida del tren,
la muerte del anciano.

Que no haya prisa ni tardanza, ¿es exactitud? ¿que el
     desenlace sea cuando tiene que llegar?

Pura falacia.
Inexacto el tiempo, la distancia, el fenómeno meteorológico:
     lo que llega
actúa y sigue
con la única necesidad de suceder.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), El que vuelve a ver, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016



miércoles, marzo 08, 2017

Jorge Fondebrider / Pájaros desbandados en la niebla















Los pájaros, desbandados en la niebla,
pasan delante de mi ventana.
Ellos no saben que arriba hay un milano que adivina
su tránsito y el miedo.
Después ya no vi más. Ayer en cambio
veía las montañas y adivinaba el lago,
todo el paisaje ajeno y suizo de este valle
surcado de colinas,
búnkers, bosques,
cargado de milanos.

[inédito]

Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956)




martes, marzo 07, 2017

William Butler Yeats / Nunca des tu corazón














Nunca des todo tu corazón por amor
las mujeres apasionadas
apenas lo considerarán si parece
seguro, y ellas nunca conciben
que se desgaste beso a beso;
pues todo lo amoroso es
sólo un suspiro, un sueño, amable deleite.
Oh, nunca des el corazón completamente,
por ellas, por lo que puedan decir los suaves labios,
pues han entregado sus corazones al juego.
¿Y quién puede jugar lo bastante bien
si está sordo y mudo y ciego de amor?
Ése que lo hizo conoce el costo,
porque dio su corazón entero y lo perdió.

[In the Seven Woods, 1904]

William Butler Yeats (Dublín, 1865 -Roquebrune-Cap-Martin, Francia, 1939), Selected Poetry, Macmillan, Londres, 1968. University of Toronto Libraries
Versión de Marina Kohon


Never Give All the Heart

Never give all the heart, for love
Will hardly seem worth thinking of
To passionate women if it seem
Certain, and they never dream
That it fades out from kiss to kiss;
For everything that's lovely is
But a brief, dreamy, kind delight.
O never give the heart outright,
For they, for all smooth lips can say,
Have given their hearts up to the play.
And who could play it well enough
If deaf and dumb and blind with love?
He that made this knows all the cost,
For he gave all his heart and lost.




lunes, marzo 06, 2017

Fernando Pessoa / Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra















[Fragmento]

Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
a la luz lunar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y qué más puede haber en seguir sino no parar, proseguir?

Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño o en la carretera de la vida...

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil prestado.
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a la derecha.
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!

[Alvaro de Campos]

Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935), Los autos (Poemas a cuatro ruedas), Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2017
Traducción de César Antonio de Molina


Ao volante do Chevrolet pela estrada de Sintra

Ao volante do Chevrolet pela estrada de Sintra,
Ao luar e ao sonho, na estrada deserta,
Sozinho guio, guio quase devagar, e um pouco
Me parece, ou me forço um pouco para que me pareça,
Que sigo por outra estrada, por outro sonho, por outro mundo,
Que sigo sem haver Lisboa deixada ou Sintra a que ir ter,
Que sigo, e que mais haverá em seguir senão não parar mas seguir?
Vou passar a noite a Sintra por não poder passá-la em Lisboa,
Mas, quando chegar a Sintra, terei pena de não ter ficado em Lisboa.
Sempre esta inquietação sem propósito, sem nexo, sem consequência,
Sempre, sempre, sempre,
Esta angústia excessiva do espírito por coisa nenhuma,
Na estrada de Sintra, ou na estrada do sonho, ou na estrada da vida...

Maleável aos meus movimentos subconscientes do volante,
Galga sob mim comigo o automóvel que me emprestaram.
Sorrio do símbolo, ao pensar nele, e ao virar à direita.
Em quantas coisas que me emprestaram guio como minhas!
Quanto me emprestaram, ai de mim!, eu próprio sou!
(...)

11-5-1928
Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa. Lisboa: Ática, 1944 Arquivo Pessoa





domingo, marzo 05, 2017

Walt Whitman / La última vez que florecieron las lilas en el jardín
















1

La última vez que florecieron las lilas en el jardín
y la primera gran estrella caía en el cielo de occidente por la noche,
yo me lamenté y me lamentaré con el eterno regreso de la primavera.

Primavera que eternamente regresas, trinidad segura me traes,
lilas que florecen perennes y estrella que cae en el oeste,
y el pensamiento de aquel que amo.

2

¡Oh, poderosa estrella del occidente caída!
¡Oh, sombras de la noche! — ¡oh, noche cambiante, llorosa!
¡Oh, gran estrella desaparecida! — ¡oh, negra oscuridad que oculta a la estrella!
¡Oh, crueles manos que me dejan impotente! — ¡oh, inútil alma mía!
¡Oh, dura nube envolvente que no liberará mi alma!

3

En el jardín, frente a una vieja granja junto a una cerca blanqueada,
se yergue el arbusto de lilas, crece alto con sus hojas acorazonadas de un rico verde,
con varias flores puntiagudas elevándose delicadas, con el fuerte perfume que amo,

con cada hoja un milagro — y de este arbusto en el jardín,
con flores de delicado color y hojas acorazonadas de un rico verde,
arranco un ramito con su flor.

4

En el pantano, en apartados rincones,
un tímido pájaro escondido gorjea una canción.

Solitario, el zorzal,
el ermitaño recogido en sí mismo, evita los pueblos,
canta solo una canción.

Canción de la garganta sangrante,
canción de la vida que mana de la muerte (pues, querido hermano, sé bien
que si no te fuera dado cantar, seguramente morirías).

5

Sobre el pecho de la primavera, en el campo, entre ciudades,
entre senderos y a través de viejos bosques, donde recientemente las violetas brotaban del suelo y manchaban los restos grises,
entre la hierba en los campos a cada lado de los senderos, pasando la hierba infinita,
pasando los trigales amarillos, donde cada grano se eleva de su mortaja en los campos de un gris pardo,
pasando los manzanos de flores blancas y rosadas de los huertos,
llevando un cadáver a la tumba en que descansará,
de noche y de día viaja un ataúd.

6

Ataúd que pasas por veredas y calles,
de día y de noche con la gran nube que oscurece la tierra,
con la pompa de las banderas a media asta, con las ciudades enfundadas de negro,
con el espectáculo de los Estados mismos cual mujeres de pie con velos de crespón,
con procesiones largas y sinuosas y antorchas en la noche,
con incontables teas encendidas, con el mar silencioso de los rostros y las cabezas descubiertas,
con la estación que espera, el ataúd por llegar y los sombríos rostros,
con himnos fúnebres en la noche, con las mil voces que se elevan fuertes y solemnes,
con todas las voces dolientes de los himnos fúnebres derramadas en el ataúd,
las iglesias en penumbras y los órganos temblorosos — entre estas cosas viajas,
con el metálico tañido, perpetuo tañido de las campanas,
toma, ataúd que pasas lentamente,
te doy mi ramita de lila.

7

(No para ti, para uno solo,
traigo flores y ramas verdes a todos los ataúdes,
pues, fresco como la mañana, así cantaría una canción para ti, oh cuerda y sagrada muerte.

Toda entera con ramilletes de rosas,
oh, muerte, yo te cubro toda entera de rosas y lirios tempranos,
pero ahora, en especial, con la lila que florece primero,
copiosamente las arranco, arranco las ramitas de los arbustos,
con brazos cargados llego y las derramo para ti,
para ti y todos tus ataúdes, oh muerte.)

8

Oh, estrella del occidente que navegas el cielo,
ahora sé lo que quisiste decir hace un mes cuando yo paseaba,
cuando yo paseaba en silencio en la noche transparente y sombría,
cuando vi que tenías algo para decir al inclinarte hacia mí noche tras noche,
cuando caíste del cielo lentamente como hacia mi lado (mientras todas las otras estrellas nos miraban),
cuando vagamos juntos en la noche solemne (pues algo, no sé qué, me impedía dormir),
cuando la noche avanzaba y yo veía, en el borde del oeste, cuán llena estabas de congoja,
cuando estaba de pie sobre suelo alto, en la brisa, en la fría noche transparente,
cuando observé el lugar donde pasabas para perderte en la negrura descendente de la noche,
cuando mi alma, insatisfecha, se hundió en su dolor, como tú, triste estrella,
concluías, caías en la noche, y desaparecías.

9

Canta allí en el pantano,
oh, cantor tímido y tierno, escucho tus notas, escucho tu llamado,
escucho, llego de inmediato, te comprendo,
pero me demoro un momento, pues la lustrosa estrella me ha detenido,
la estrella retiene a mi camarada que se va, y me detiene.

10

Oh, ¿cómo habré de gorjear para ese muerto que amé?
¿y cómo habré de adornar mi canción para la gran alma dulce que se ha ido?
¿y qué perfume habré de llevar a la tumba de aquel a quien amo?

Vientos marinos soplan del este y del oeste,
que soplan del mar oriental y soplan del mar occidental, para juntarse allí en las praderas,
con ellos y con el aliento de mi canto,
perfumaré la tumba de aquel a quien amo.

11

Oh, ¿qué habré de colgar en las paredes del cuarto?
¿y cuáles habrán de ser los cuadros que cuelgue en las paredes,
para adornar el sepulcro de aquel a quien amo?

Cuadros de creciente primavera y granjas y hogares,
con el atardecer del cuarto mes y el humo gris lúcido y brillante,
con las riadas amarillo doradas del sol poniente precioso, indolente, que explota y se expande en el aire,
con la frescura dulce de la hierba bajo los pies, y las hojas de un verde pálido de los árboles prolíficos,
en la distancia, la bruma que fluye, el pecho del río con motas de viento aquí y allá,
con colinas escalonadas en las riberas, con muchas líneas contra el cielo, y sombras,
y la ciudad cercana con las moradas tan densas, y montones de chimeneas,
y todas las escenas de la vida y los talleres, y los obreros volviendo a sus hogares.

12

Mirad, cuerpo y alma — esta tierra,
mi propio Manhattan con sus pináculos y mareas burbujeantes y presurosas, y barcos,
la tierra variada y amplia, el sur y el norte en la luz, las costas de Ohio y el parpadeante Missouri,
y siempre las praderas amplias a lo lejos cubiertas de hierba y maíz.

Mirad, el sol más excelente tan calmo y altivo,
el amanecer violáceo y púrpura con leves brisas,
la suave luz recién nacida, inabarcable,

el milagro que se expande bañándolo todo, cumplido el mediodía,
el delicioso ocaso que llega, la noche bienvenida y las estrellas,
que brillan todas sobre mis ciudades, envolviendo al hombre y a la tierra.

13

Canta, canta, pájaro grisáceo,
canta desde los pantanos, en los rincones, derrama tu canto desde los arbustos,
ilimitado, desde las sombras, desde los cedros y los pinos.

Canta, hermano querido, gorjea tu aguda canción,
alta canción humana, con voz de supremo dolor.

¡Oh, fluida y libre y tierna!
¡Oh, salvaje y libre para mi alma! — ¡oh, maravilloso cantor!
Solo a ti te escucho — pero la estrella me retiene (mas pronto se irá),
pero la lila con su penetrante olor me retiene.

14

Ahora bien, de día, cuando yo estaba sentado y miraba ante mí,
hacia el final del día con su luz y sus campos de primavera, y los campesinos que preparan sus cosechas,
en el vasto decorado inconsciente de mi tierra con sus lagos y bosques,
en la aérea belleza celestial (después de los vientos turbulentos y las tormentas),
bajo la bóveda del cielo de la tarde que pasaba rápido, y las voces de niños y mujeres,
las muchas mareas movedizas, y yo veía a los barcos que navegaban,
y el verano que se acercaba con riqueza, y los campos atareados de trabajo,
y las infinitas casas separadas, cómo todas avanzaban, cada una con sus comidas y minucias cotidianas,
y las calles que latían palpitantes, y las ciudades contenidas — entonces, allí,
cayendo sobre todas ellas y en medio de todas ellas, envolviéndome con el resto,
apareció la nube, apareció el largo rastro negro,
y conocí la muerte, su pensamiento, y el sagrado conocimiento de la muerte.
Entonces, con el conocimiento de la muerte caminando a mi lado,
y el pensamiento de la muerte caminando al otro lado,

y yo en medio como entre dos compañeros, y como tomando las manos de los compañeros,
hui hacia la oculta noche receptiva que no habla,
hacia las costas, el camino hacia el pantano en la penumbra,
hacia los solemnes cedros sombríos y los pinos fantasmales e inmóviles.

Y el cantor, tan tímido con los demás, me recibió,
el pájaro grisáceo que conozco, nos recibió a los tres camaradas,
y cantó la canción de la muerte, y un poema para aquél a quien amo.

Desde profundos rincones apartados,
desde los fragantes cedros y los pinos fantasmales e inmóviles,
llegó la canción del pájaro.

Y el encanto de la canción me capturó,
mientras yo sostenía como de las manos a mis camaradas en la noche,
y la voz de mi espíritu coincidía con la canción del pájaro.

Ven, agradable y reconfortante muerte,
ondula alrededor del mundo, llega serena, llega,
de día, o de noche, para todos, para cada uno,
tarde o temprano, delicada muerte.

Loado sea el universo insondable,
por la vida y la alegría, y por los objetos y saber curiosos,
y por el amor, dulce amor — pero ¡loado, loado, loado!!
por el abrazo seguro, fresco, envolvente, de la muerte.

Oscura madre que siempre te deslizas cerca con suaves pisadas,
¿nadie ha cantado para ti un canto de plena bienvenida?
Entonces yo lo canto para ti, yo te glorifico por encima de todas las cosas,
yo te traigo una canción para que, cuando vengas, vengas sin dudar.

Acércate fuerte, libertadora,
cuando es así, cuando los has arrebatado, yo canto alegremente a los muertos,
perdidos en el amoroso océano que eres tú,
bañados en el diluvio de tu dicha, oh, muerte.

De mi hacia ti, alegres serenatas,
danzas propongo para saludarte, adornos y deleites para ti,
y las vistas del paisaje abierto y el alto cielo extendido son adecuados,
y la vida y los campos, y la noche inmensa y pensativa.

La noche silenciosa bajo innumerables estrellas,
la costa del océano y la ronca ola murmurante cuya voz conozco,
y el alma que se vuelve hacia ti, oh, vasta y velada muerte,
y el cuerpo agradecido que anida cerca de ti.

Sobre las copas de los árboles hago flotar tu canción,
sobre las olas que se levantan y se hunden, sobre las miríadas de campos y las anchas praderas,
sobre las ciudades populosas todas y los atestados muelles y caminos,
yo hago flotar esta canción con alegría, con alegría para ti, oh muerte.

15

En armonía con mi alma,
alto y fuerte continuó el pájaro grisáceo,
con notas puras, deliberadas, que extendían y llenaban la noche.

Alto en los pinos y en los cedros sombríos,
claro en la frescura húmeda y en el perfume del pantano,
y yo con mis camaradas, allí en la noche.

Mientras tanto, mi vista encerrada en mis ojos abiertos,
sobre largos panoramas de visiones.

Y yo vi de reojo a los ejércitos,
vi, como en sueños silenciosos, cientos de estandartes de guerra,
cargados a través del humo de las batallas y agujereados con proyectiles, yo los vi,
y llevados de aquí para allá a través del humo, y arrancados y ensangrentados,
y al final sólo unos pocos jirones en las astas (y todo en silencio),
y las astas todas astilladas y rotas.

Yo vi los cadáveres de las batallas, miríadas de ellos,
y los blancos esqueletos de hombres jóvenes, yo los vi,
vi restos y restos de todos los soldados asesinados en la guerra,
pero vi que no eran como se creía,
ellos mismos estaban en completo descanso, no sufrían,
los que quedaban vivos sufrían, la madre sufría,
y la esposa y el niño y el reflexivo camarada, sufrían,
y los ejércitos que quedaban, sufrían.

16

Paso las visiones, paso la noche,
paso, suelto las manos de mis camaradas,

paso la canción del pájaro ermitaño y el canto coincidente con mi alma,
victoriosa canción, canción de liberación de la muerte, pero canción que varía, siempre cambiante,
baja y sufriente, pero de notas claras, que sube y baja, inundando la noche,
que triste se hunde y se desvanece, como advirtiendo y advirtiendo, y otra vez estalla de alegría,
cubriendo la tierra y llenando la extensión del cielo,
como ese poderoso salmo en la noche que oía desde los rincones,
paso, te abandono, lila con hojas acorazonadas,
te abandono allí en el jardín, florecida, regresando con la primavera.

Ceso mi canto para ti,
mi mirada para ti hacia el oeste, de cara al oeste, comulgando contigo,
oh, camarada brillante con tu rostro plateado en la noche.

Pero guardemos cada cosa recuperada de la noche,
el canto, el maravilloso canto del pájaro gris pardo,
y el canto coincidente, el eco despertado en mi alma,
con la brillante estrella caída, con su rostro lleno de dolor,
con quienes sostenían mi mano al acercarnos al canto del pájaro,
mis camaradas y yo en el medio, y conservemos siempre su recuerdo, por el muerto a quien tanto amé,
por el alma más dulce y sabia de todos mis días y tierras — y esto en su querido nombre,
lila y estrella y pájaro entrelazados con el canto de mi alma,
allá en los fragantes pinos y los cedros sombríos.

Walt Whitman (West Hills, Estados Unidos, 1819 – Camden, Estados Unidos, 1892), "Memories of Presidente Lincoln", Leaves of Grass, David Mc Kay, Filadelfia, 1891-92 The Walt Whitman Archive

Versión de Griselda García

Foto: Walt Whitman, entre 1865 y 1867 Archivo Nacional de los Estados Unidos/The Walt Whitman Archive




When Lilacs Last 
in The Dooryard Bloom'd

1

WHEN lilacs last in the dooryard bloom'd,
And the great star early droop'd in the western sky in the night,
I mourn'd, and yet shall mourn with ever—returning spring.

Ever—returning spring, trinity sure to me you bring,
Lilac blooming perennial and drooping star in the west,
And thought of him I love.

2

O powerful western fallen star!
O shades of night—O moody, tearful night!
O great star disappear'd—O the black murk that hides the star!
O cruel hands that hold me powerless—O helpless soul of me!
O harsh surrounding cloud that will not free my soul.

3

In the dooryard fronting an old farm—house near the white—wash'd palings,
Stands the lilac—bush tall—growing with heart—shaped leaves of rich green,
With many a pointed blossom rising delicate, with the perfume strong I love,

With every leaf a miracle—and from this bush in the dooryard,
With delicate—color'd blossoms and heart—shaped leaves of rich green,
A sprig with its flower I break.

4

In the swamp in secluded recesses,
A shy and hidden bird is warbling a song.

Solitary the thrush,
The hermit withdrawn to himself, avoiding the settlements,
Sings by himself a song.

Song of the bleeding throat,
Death's outlet song of life, (for well dear brother I know,
If thou wast not granted to sing thou would'st surely die.)

5

Over the breast of the spring, the land, amid cities,
Amid lanes and through old woods, where lately the violets peep'd from the ground, spotting the gray debris,
Amid the grass in the fields each side of the lanes, passing the endless grass,
Passing the yellow—spear'd wheat, every grain from its shroud in the dark—brown fields uprisen,
Passing the apple—tree blows of white and pink in the orchards,
Carrying a corpse to where it shall rest in the grave,
Night and day journeys a coffin.

6

Coffin that passes through lanes and streets,
Through day and night with the great cloud darkening the land,
With the pomp of the inloop'd flags with the cities draped in black,
With the show of the States themselves as of crape—veil'd women standing,
With processions long and winding and the flambeaus of the night,
With the countless torches lit, with the silent sea of faces and the unbared heads,
With the waiting depot, the arriving coffin, and the sombre faces,
With dirges through the night, with the thousand voices rising strong and solemn,
With all the mournful voices of the dirges pour'd around the coffin,
The dim—lit churches and the shuddering organs—where amid these you journey,
With the tolling tolling bells' perpetual clang,
Here, coffin that slowly passes,
I give you my sprig of lilac.

7

(Nor for you, for one alone,
Blossoms and branches green to coffins all I bring,
For fresh as the morning, thus would I chant a song for you O sane and sacred death.

All over bouquets of roses,
O death, I cover you over with roses and early lilies,
But mostly and now the lilac that blooms the first,
Copious I break, I break the sprigs from the bushes,
With loaded arms I come, pouring for you,
For you and the coffins all of you O death.)

8

O western orb sailing the heaven,
Now I know what you must have meant as a month since I walk'd,
As I walk'd in silence the transparent shadowy night,
As I saw you had something to tell as you bent to me night after night,
As you droop'd from the sky low down as if to my side, (while the other stars all look'd on,)
As we wander'd together the solemn night, (for something I know not what kept me from sleep,)
As the night advanced, and I saw on the rim of the west how full you were of woe,
As I stood on the rising ground in the breeze in the cool transparent night,
As I watch'd where you pass'd and was lost in the netherward black of the night,
As my soul in its trouble dissatisfied sank, as where you sad orb,
Concluded, dropt in the night, and was gone.

9

Sing on there in the swamp,
O singer bashful and tender, I hear your notes, I hear your call,
I hear, I come presently, I understand you,
But a moment I linger, for the lustrous star has detain'd me,
The star my departing comrade holds and detains me.

10

O how shall I warble myself for the dead one there I loved?
And how shall I deck my song for the large sweet soul that has gone?
And what shall my perfume be for the grave of him I love?

Sea—winds blown from east and west,
Blown from the Eastern sea and blown from the Western sea, till there on the prairies meeting,
These and with these and the breath of my chant,
I'll perfume the grave of him I love.

11

O what shall I hang on the chamber walls?
And what shall the pictures be that I hang on the walls,
To adorn the burial—house of him I love?

Pictures of growing spring and farms and homes,
With the Fourth—month eve at sundown, and the gray smoke lucid and bright,
With floods of the yellow gold of the gorgeous, indolent, sinking sun, burning, expanding the air,
With the fresh sweet herbage under foot, and the pale green leaves of the trees prolific,
In the distance the flowing glaze, the breast of the river, with a wind—dapple here and there,
With ranging hills on the banks, with many a line against the sky, and shadows,
And the city at hand with dwellings so dense, and stacks of chimneys,
And all the scenes of life and the workshops, and the workmen homeward returning.

12

Lo, body and soul—this land,
My own Manhattan with spires, and the sparkling and hurrying tides, and the ships,
The varied and ample land, the South and the North in the light, 
Ohio's shores and flashing Missouri,
And ever the far—spreading prairies cover'd with grass and corn.

Lo, the most excellent sun so calm and haughty,
The violet and purple morn with just—felt breezes,
The gentle soft—born measureless light,

The miracle spreading bathing all, the fulfill'd noon,
The coming eve delicious, the welcome night and the stars,
Over my cities shining all, enveloping man and land.

13

Sing on, sing on you gray—brown bird,
Sing from the swamps, the recesses, pour your chant from the bushes,
Limitless out of the dusk, out of the cedars and pines.

Sing on dearest brother, warble your reedy song,
Loud human song, with voice of uttermost woe.

O liquid and free and tender!
O wild and loose to my soul—O wondrous singer!
You only I hear—yet the star holds me, (but will soon depart,)
Yet the lilac with mastering odor holds me.

14

Now while I sat in the day and look'd forth,
In the close of the day with its light and the fields of spring, and the farmers preparing their crops,
In the large unconscious scenery of my land with its lakes and forests,
In the heavenly aerial beauty, (after the perturb'd winds and the storms,)
Under the arching heavens of the afternoon swift passing, and the voices of children and women,
The many—moving sea—tides, and I saw the ships how they sail'd,
And the summer approaching with richness, and the fields all busy with labor,
And the infinite separate houses, how they all went on, each with its meals and minutia of daily usages,
And the streets how their throbbings throbb'd, and the cities pent —lo, then and there,
Falling upon them all and among them all, enveloping me with the rest,
Appear'd the cloud, appear'd the long black trail,
And I knew death, its thought, and the sacred knowledge of death.

Then with the knowledge of death as walking one side of me,
And the thought of death close—walking the other side of me,

And I in the middle as with companions, and as holding the hands of companions,
I fled forth to the hiding receiving night that talks not,
Down to the shores of the water, the path by the swamp in the dimness,
To the solemn shadowy cedars and ghostly pines so still.

And the singer so shy to the rest receiv'd me,
The gray—brown bird I know receiv'd us comrades three,
And he sang the carol of death, and a verse for him I love.

From deep secluded recesses,
From the fragrant cedars and the ghostly pines so still,
Came the carol of the bird.

And the charm of the carol rapt me,
As I held as if by their hands my comrades in the night,
And the voice of my spirit tallied the song of the bird.

Come lovely and soothing death,
Undulate round the world, serenely arriving, arriving,
In the day, in the night, to all, to each,
Sooner or later delicate death.

Prais'd be the fathomless universe,
For life and joy, and for objects and knowledge curious,
And for love, sweet love—but praise! praise! praise!
For the sure—enwinding arms of cool—enfolding death.

Dark mother always gliding near with soft feet,
Have none chanted for thee a chant of fullest welcome?
Then I chant it for thee, I glorify thee above all,
I bring thee a song that when thou must indeed come, come unfalteringly.

Approach strong deliveress,
When it is so, when thou hast taken them I joyously sing the dead,
Lost in the loving floating ocean of thee,
Laved in the flood of thy bliss O death.

From me to thee glad serenades,
Dances for thee I propose saluting thee, adornments and feastings for thee,
And the sights of the open landscape and the high—spread sky are fitting,
And life and the fields, and the huge and thoughtful night.

The night in silence under many a star,
The ocean shore and the husky whispering wave whose voice I know,
And the soul turning to thee O vast and well—veil'd death,
And the body gratefully nestling close to thee.

Over the tree—tops I float thee a song,
Over the rising and sinking waves, over the myriad fields and the prairies wide,
Over the dense—pack'd cities all and the teeming wharves and ways,
I float this carol with joy, with joy to thee O death.

15

To the tally of my soul,
Loud and strong kept up the gray—brown bird,
With pure deliberate notes spreading filling the night.

Loud in the pines and cedars dim,
Clear in the freshness moist and the swamp—perfume,
And I with my comrades there in the night.

While my sight that was bound in my eyes unclosed,
As to long panoramas of visions.

And I saw askant the armies,
I saw as in noiseless dreams hundreds of battle—flags,
Borne through the smoke of the battles and pierc'd with missiles I saw them,
And carried hither and yon through the smoke, and torn and bloody,
And at last but a few shreds left on the staffs, (and all in silence,)
And the staffs all splinter'd and broken.

I saw battle—corpses, myriads of them,
And the white skeletons of young men, I saw them,
I saw the debris and debris of all the slain soldiers of the war,
But I saw they were not as was thought,
They themselves were fully at rest, they suffer'd not,
The living remain'd and suffer'd, the mother suffer'd,
And the wife and the child and the musing comrade suffer'd,
And the armies that remain'd suffer'd.

16

Passing the visions, passing the night,
Passing, unloosing the hold of my comrades' hands,

Passing the song of the hermit bird and the tallying song of my soul,
Victorious song, death's outlet song, yet varying ever—altering song,
As low and wailing, yet clear the notes, rising and falling, flooding the night,
Sadly sinking and fainting, as warning and warning, and yet again bursting with joy,
Covering the earth and filling the spread of the heaven,
As that powerful psalm in the night I heard from recesses,
Passing, I leave thee lilac with heart—shaped leaves,
I leave thee there in the door—yard, blooming, returning with spring.

I cease from my song for thee,
From my gaze on thee in the west, fronting the west, communing with thee,
O comrade lustrous with silver face in the night.

Yet each to keep and all, retrievements out of the night,
The song, the wondrous chant of the gray—brown bird,
And the tallying chant, the echo arous'd in my soul,
With the lustrous and drooping star with the countenance full of woe,
With the holders holding my hand nearing the call of the bird,
Comrades mine and I in the midst, and their memory ever to keep, for the dead I loved so well,
For the sweetest, wisest soul of all my days and lands—and this for his dear sake,
Lilac and star and bird twined with the chant of my soul,
There in the fragrant pines and the cedars and dim.



sábado, marzo 04, 2017

Piergiorgio Viti / De "Se le cose stanno così"















Querría morir antes que tú
porque, lo sabes, no soportaría
la idea de quedarme solo
para ocuparme de tus agaves
y poner la mesa a la noche
para mí solamente

Corramos la carrera
de quién muere primero.
Yo podría contar las ovejitas
hasta el día
del sueño eterno,
o bien podría morir
una tarde de lluvia
como esta
o ahogado en un charco
o en un vaso de agua
en momentos difíciles.

Tú quizá
no estarías en paz,
me buscarías entre las sábanas
de nuestra cama desecha,
o detrás de las cortinas
de ciudades remotas...

Entonces no,
sigamos así,
viendo el noticiero de las ocho,
preguntándonos cuándo vendrá el calor,
mirándonos a través del vidrio
de los vasos
durante los aperitivos
y en los días más tristes
tengamos una cita.

Piergiorgio Viti (Sulmona, Italia, 1978), Se le cose stanno così,  Italic, Ancona, 2015
Versión de Jorge Aulicino

Foto: Piergiorgio Viti FB


Vorrei morire prima di te 
perché, lo sai, non sopporterei
l’idea di restare da solo
a occuparmi delle tue agavi
e la sera apparecchiare
per me soltanto.

Facciamo a gara
a chi muore per primo allora.
Io potrei contare le pecore 
fino al giorno
del sonno eterno,
oppure potrei morire
in un pomeriggio di pioggia 
come questo
affogando in una pozzanghera, 
o nei momenti difficili
dentro un bicchiere d’acqua.

Tu forse
non ti daresti pace,
mi cercheresti tra le lenzuola 
del nostro letto sfatto, 
oppure al di là delle cortine
di città remote...

Allora no,
continuiamo pure
a guardare il tiggì delle venti, 
a domandarci il caldo quando arriva,
a guardarci oltre i vetri
dei bicchieri
durante gli aperitivi
e anche nei giorni più tristi 
diamoci un appuntamento.


jueves, marzo 02, 2017

Edward Hirsch / Domingo por la mañana temprano















Solía burlarme de mi padre y sus compinches
por levantarse temprano los domingos por la mañana
y beber café en un área de estacionamiento del lugar
pero ahora yo soy uno de esos compinches.

A nadie le importan mis viejas humillaciones
pero ellas continúan arrastrándose por mi sueño
como una ristra de latas vacías que resonaran
detrás de un coche abandonado.

La cosa es así: justo cuando crees
que te has olvidado de aquella muchacha pelirroja
que te dejó varado en un parking
cuarenta años atrás, te despiertas

lo bastante temprano para verla desaparecer
a la vuelta de la esquina de tu sueño
en la motocicleta de otro
rugiendo por la autopista hacia la salida del sol.

Y así, ahora estoy sentado en un café
débilmente iluminado lleno de madrugadores
cuyas ventanas están cubiertas de hollín
y el café es tibio y amargo.


Edward Hirsch (Chicago, Estados Unidos, 1950), The Living Fire, Knopf, Nueva York, 2010.
Versión de Jonio González


EARLY SUNDAY MORNING
   
I used to mock my father and his chums 
 for getting up early on Sunday morning 
 and drinking coffee at a local spot 
 but now I’m one of those chumps.

 No one cares about my old humiliations 
 but they go on dragging through my sleep 
 like a string of empty tin cans rattling 
 behind an abandoned car.

 It’s like this: just when you think 
 you have forgotten that red-haired girl 
 who left you stranded in a parking lot 
 forty years ago, you wake up

 early enough to see her disappearing 
 around the corner of your dream 
 on someone else’s motorcycle 
 roaring onto the highway at sunrise.

 And so now I’m sitting in a dimly lit 
 café full of early morning risers 
 where the windows are covered with soot 
 and the coffee is warm and bitter.